Tom Wolfe: un escritor tropical
Podría ser el paraíso soñado. En Iquitos la gente tiene el corazón caliente y los ojitos saltarines. Las risas y la música ayudan a llenar de flores el desierto que los capitalinos llevamos como sello en el pecho.
Pero a Iquitos le falta algo, que –claro- la mayoría, en estos tiempos audiovisuales, no repara. En este paraíso no hay librerías. Qué difícil es encontrarnos con esos amigos que nos enseñan a vivir sin arriesgar el pellejo.
Uno de ellos es Tom Wolfe, por aquí no lo he visto. Lo he tenido, entonces, que recordar y se me ha presentado como un fantasma, repentino y con esa peculiar vestimenta que lo hace parecer -hoy que es un anciano- un alma más que un dandi de los años 50.
Lleva un terno blanco, botines, corbatita delgada y hasta chaleco y bastón. Wolfe me sonríe, el ambiente tropical se ha apropiado, también, de sus entrañas.
Con el mismo ánimo de cuando era un joven reportero neoyorquino empieza a llevarme por esta tierra que yo suponía conocer más que él. Así son los escritores, más aún los viejos zorros, parece que lo conocieran todo. Si lo leyeron o lo vivieron solo lo saben ellos y quizá tampoco, porque las realidades y las fantasías terminan reuniéndose como dos ríos que desembocan en un todo más grande que podría ser un mar, un océano o simplemente el empapelado azul de una pared contra la que estrellas una borrachera de esas que a esta edad ya no convienen.
Wolfe es uno de esos periodistas que en este mundo de prisas comienzan a extinguirse y él no contribuye a evitarlo. La última década trabajó tanto que solo un infarto pudo detenerlo. Le pusieron un bypass para que las emociones pudieran transitar sin terminar causando tráfico ni choques. Logró culminar su novela “The Mayflies”, este loco jamás hubiera enterrado el pico antes de acabarla.
Durante el lapso entre el final de la escritura de un libro hasta que la imprenta lo expulsa calentito y oloroso, todos los males del mundo le caen encima a Wolfe, después queda liberado del síndrome.
Este amigo mío nació en Richmond, Virginia. Jamás se acostó sin rezar. Él tiene sus propios amigos y maestros. Dickens, Zola y Balzac le enseñaron a escribir y a comprender aquello que los padres no pueden.
Wolfe encontró hace mucho su género: las novelas periodísticas o documentales. Seguir escribiendo sobre el derrumbe del mercado inmobiliario, el racismo, las violaciones o el ascenso de un yuppie negro le da vitalidad.
Por su modo de ver la realidad ha conseguido que los izquierdistas lo consideren de la derecha y los derechistas de la izquierda. Será que a cada quien le da en donde más le duele. Ser diseccionado mientras se está vivo en verdad es doloroso y la sociedad lo está. Esto podría haberle costado un millón de veces la vida, parece no importarle. Wolfe es hombre de pasiones tropicales. Iquitos podría llevarse bien con él.
